La digitalización del arte desata la locura

Los token no fungibles (o NFT) se venden por sumas astronómicas pese a no ofrecer un valor claro a los inversores

Mike Winkelmann —más conocido como Beeple— es un estadounidense de 38 años residente en un suburbio de Charleston (Carolina del Sur), que conduce un Toyota Corolla y que responde al prototipo de padre de familia americano. Casado con una maestra de escuela y padre de dos hijos, no llegó a finalizar sus estudios de ingeniería informática y tampoco posee ninguna formación en el mundo del arte. Físicamente, su apariencia se asemeja más a la de Bill Gates que a la de Basquiat. Y, sin embargo, recientemente se convirtió en el tercer artista vivo más caro del mundo, solo por detrás de Jeff Koons y David Hockney, tras subastar una de sus obras digitales por 69,3 millones de dólares en Christie’s (merece la pena ver el vídeo de Winkelmann y su familia contemplando la subasta por la tele desde el salón de su casa para comprender la extravagancia del fenómeno).

Y nada de esto hubiera sido posible de no ser por la tecnología de los NFT (token no fungibles), el último grito en el universo de los criptoactivos.