Marruecos camina firme hacia su objetivo final

Mohamed VI practica el juego largo porque puede. Sus movimientos no están constreñidos por la duración o el color de sus gobiernos

España se desayunó el pasado lunes con la noticia del tsunami de inmigrantes que inundó las playas de Ceuta.

A partir de la sorpresa inicial, el Gobierno de Sánchez se ha visto arrastrado a la mayor crisis de las últimas cuatro décadas en el ámbito más sensible de la política exterior: la relación con su vecino del sur.

Pedro Sánchez tiene ya su propio Perejil, solo que mucho más grave. El futuro de Ceuta y Melilla aparecen con nitidez en el empeño de Mohamed VI por construir el «gran Marruecos» durante su reinado.

Las prioridades del Ejecutivo español ante la crisis en la frontera africana son contradictorias.

De un lado, debe actuar con prudencia para evitar que los acontecimientos escapen del control de los países que los protagonizan.

De otro, necesita mostrar determinación ante lo que la vicepresidenta primera, Carmen Calvo, calificó como una «agresión de Marruecos».

Efectos internos

Las imágenes que inundaron en directo las pantallas de televisión no solo tienen una dimensión diplomática de primer orden.

Sus efectos internos también son un campo de minas político, tanto para el Gobierno como para la oposición. La situación rebasa con mucho el ámbito inmigratorio.

De hecho, todos los incidentes recientes relacionados con Marruecos tienen una motivación estratégica para Rabat, que utiliza el flujo de los inmigrantes como mecanismo de presión.

Desde que España abandonó en 1976 el Sahara Occidental tras la Marcha Verde impulsada por el rey Hassan II, Marruecos ha librado una larga partida para consolidarse como primera potencia regional.

El elemento central de esa estrategia es superar las reticencias internacionales que aún quedan a su soberanía sobre la antigua colonia española.

El reconocimiento de Trump

La monarquía marroquí obtuvo el pasado 10 de diciembre un apoyo fundamental: el reconocimiento de Donald Trump a su reivindicación sahariana a cambio de que Rabat reconociera a Israel.

El envalentonamiento que trasluce el envite marroquí deriva directamente de esa victoria diplomática. Primacía en el Magreb El rey Mohamed VI practica el juego largo porque puede.

Sus movimientos no están constreñidos por la duración o el color de sus gobiernos. Tampoco tiene que someterse cada cuatro años al juicio de las urnas.

Puede lanzar al agua a sus propios conciudadanos sin preocuparse de si mueren mutilados en las vallas fronterizas o se ahogan en las aguas del Estrecho.

Su mayor ventaja es no tener prisa para borrar los últimos vestigios coloniales y afirmarse frente Argelia.

El desafío en Ceuta y Melilla

En ese contexto, tanto los inmigrantes llegados a Ceuta como los saharauis (los que habitan en el territorio y los refugiados en los campos de argelinos de Tinduf) operan como peones que se pueden sacrificar en función de los lances del juego.

Para España, el desafío es que los habitantes de Ceuta y Melilla no acaben convirtiéndose también en moneda de cambio. Marruecos quiere comprobar hasta dónde mantiene Joe Biden la decisión de su antecesor.

Es poco probable que la nueva administración retire la patina de legitimidad otorgada por Trump.

Rabat ha logrado ganar la confianza de Washington, de Israel y de las monarquías del Golfo Pérsico para erigirse en garante de la estabilidad en el Magreb.

La competencia geopolítica en África en el siglo XXI ya no la protagoniza guerrillas armadas con kalashnikovs (a excepción del yihadismo que opera en la región subsahariana), sino diplomáticos de Beijing y empresarios chinos provistos de abultadas chequeras. Sánchez reaccionó con robustez gestual ante la crisis norteafricana.

El presidente viajó a Ceuta y Melilla para reafirmar que el Gobierno «defenderá las fronteras en cualquier circunstancia y con cualquier medio».

Le avalaba la decisión de desplegar al Ejército en el lugar de los hechos. Pero la credibilidad de esa raya roja verbal depende de lo firme que sea el apoyo de la Unión Europea y de los partidos españoles de la oposición.

La postura de Europa

Queda por ver si la UE está dispuesta a traducir sus primeras declaraciones de solidaridad («la frontera de Ceuta es una frontera europea», recordaron varios comisarios) en decisiones tangibles.

Y la oposición, el Partido Popular, principalmente, tiene que decidir hasta dónde quiere alinearse con el Gobierno en un asunto de Estado. Que Pablo Casado se haya abstenido de imitar la demagogia nacionalista de Vox apunta en esa dirección.

Pero la carga emocional de los acontecimientos invita a aprovecharlos para seguir golpeando a un Gobierno debilitado por la pandemia y el revés electoral de Madrid.

La soberanía de Ceuta y Melilla Los acontecimientos sugieren que la soberanía de España sobre Ceuta y Melilla figura en la agenda marroquí.

Los partidos con tradición –o esperanzas— de gobernar en España rechazan categóricamente una eventual retrocesión de las plazas norteafricanas.

Argumentos que no sirven a Rabat

Se aduce que, a diferencia del pasado colonial del Sahara Occidental, Sidi Ifni o Guinea, ambas pertenecen a España desde siglos antes de que Marruecos fuera un país.

Pero el argumento no le sirve a Rabat. Las dos ciudades «son tan marroquíes como el Sáhara», dijo el primer ministro, Saadeddine El Othmani, pocos días después del reconocimiento de Trump.

Marruecos seguirá aplicando el chantaje migratorio, la política de hechos consumados y el apoyo de sus aliados no europeos por la simple razón de que, hasta ahora, le ha dado resultado.

Las invocaciones a la amistad hispano-marroquí pierden credibilidad cuando una de las partes insiste en que la otra «debe asumir las consecuencias de sus acciones», como dijo la embajadora de Marruecos en Madrid, Karima Benyaich, antes de acudir convocada por la ministra de Exteriores, Arantxa González Laya.

Ese es el trasfondo que tiene que afrontar el Gobierno español. Marruecos es una de las mayores prioridades del Ministerio de Asuntos Exteriores y del CNI.

Pese a ello, la sorpresa con que se produjo la oleada de Ceuta deja entrever un serio error cálculo en la decisión de acoger del líder del Polisario, Brahmin Gali, para ser tratado de Covid y un grave fallo de inteligencia al no detectar la inminencia de lo que iba a ocurrir en El Tarajal.

El Gobierno y el conjunto del Estado no se pueden permitir más errores –por exceso o por defecto— en una crisis de largo recorrido y consecuencias inciertas.

Las conclusiones a las que llegue Marruecos cuando remita la tensión actual dictarán el tempo y la intensidad del próximo episodio en que Rabat opte por la acción directa en lugar de respetar las convenciones de la diplomacia

En portada