La necesidad de un nuevo modelo demoliberal

El primer e imprescindible paso de Joe Biden para impulsar la recuperación pasa por revertir el fracaso de su antecesor frente a la pandemia

Tras el dramatismo que ha rodeado el relevo en la presidencia de los Estados Unidos, los primeros decretos de la nueva administración han generado alivio en las cancillerías adscritas al multilateralismo. Sin embargo, para ser un dirigente trascendental, no bastará con que Joe Biden ponga parches al maltrecho modelo demoliberal. 

El nuevo presidente tiene la posibilidad de inspirar los primeros pasos de un nuevo orden que combine el crecimiento de la economía con la reducción de la desigualdad y la protección del planeta. Para ello, necesitará la ambición que se plasmó, hace 77 años, en los acuerdos de Bretton Woods.

Las conjeturas sobre el impacto que tendrá la nueva administración sobre la geopolítica y la economía global oscilan entre un moderado optimismo y un escepticismo indisimulado. La esperanza deriva de gestos de gran significado, como regresar a la Organización Mundial de la Salud y al acuerdo de París por el clima.

Y también de la promesa de retomar la colaboración con los amigos y evitar la confrontación unilateral con los que no lo son. El escepticismo, por su lado, proviene del temor a que el trumpismo siga siendo tan prevalente en el Partido Republicano como para abortar cualquier esfuerzo duradero para detener el declive norteamericano y emprender un rumbo nuevo. 

La herencia recibida

Biden no es un novato ni un ingenuo. Como tampoco lo son las experimentadas figuras que ha nombrado para conformar su gabinete. El presidente no pretende regresar a la casilla de 2016 como si nada hubiera ocurrido desde entonces. En algunos ámbitos intentará dar un salto hacia adelante. Así lo indican las iniciativas que la Casa Blanca ha ido desgranando día a día por boca de su nueva, y refrescante, portavoz, Jen Psaki: el impulso a políticas domésticas de justicia racial, el desarrollo de la economía verde, el refuerzo de la sanidad y el apoyo a la educación, por ejemplo. 

Sin embargo, no toda la herencia de Trump es necesariamente negativa para los intereses estratégicos de EEUU. La firmeza en la relación con China o la presión para que los aliados asuman un mayor papel en su seguridad, y por tanto en su coste, son terrenos en los que Washington tenderá a moderar las formas desabridas y confrontacionales de la administración anterior sin comprometer sus intereses nacionales. 

Pese a que la actitud y las políticas que emanen a partir de ahora de Washington no coincidan plenamente con sus aliados tradicionales en Europa y en el resto del mundo, hay tres áreas en las que EEUU puede ejercer liderazgo: el retorno a la multilateralidad para mitigar los conflictos, la defensa de un comercio global abierto y el impulso de una nueva economía sostenible.

Nada ha socavado más el prestigio norteamericano que la incapacidad para combatir el Covid-19

Sin embargo, para reclamar ese liderazgo, Biden debe demostrar que su país está dispuesto a asumir otra vez un papel protagonista y solidario diferente al «América first» de Trump. Paradójicamente, la manera más elocuente de conseguirlo es vencer a la pandemia en su propio territorio. Nada ha socavado más el prestigio norteamericano que la incapacidad para combatir el Covid-19.  

La caótica gestión de Trump ha llevado a que EEUU lidere el ranking internacional de infectados y defunciones. Con apenas el 5 por ciento de la población global, los 50 estados de la Unión suman el 25 por ciento de los 100 millones de casos registrados en todo el planeta y una quinta parte de los más de dos millones de fallecidos. Comparado con la gestión que China ha hecho de la pandemia, que surgió dentro de sus fronteras hace un año, el fracaso es de proporciones históricas. 

El primer paso para revertir este épico descalabro es elevar el ritmo de vacunaciones en el país hasta lograr un nivel de inmunidad colectiva que facilite el relanzamiento de la economía. Biden ya ha aumentado en un 50 por ciento su compromiso inicial de vacunar a 100 millones de sus conciudadanos en los primeros 100 días de su mandato.

Biden debe demostrar que su país está dispuesto a asumir otra vez un papel protagonista

Pero necesitará hacer más. No solo en materia de vacunaciones sino para convencer al Congreso para que apruebe un paquete de ayudas y estímulos que mitigue el estrés económico de familias y empresas y siente las bases de una política económica renovada. La propuesta demócrata es monumental: 1,9 billones de dólares, una cifra que los republicanos se han juramentado para reducir.

Hasta dónde lleguen los recortes y el tiempo que se necesite para aprobar el nuevo plan determinarán si Biden consigue emular el «new deal» con que Franklin Delano Roosevelt inició la salida de la Gran Depresión hace 88 años. 

‘Go big’

Las referencias al trigésimo tercer presidente se repiten a la hora de describir la magnitud de los retos a los que se enfrenta el cuadragésimo sexto y la ambición que necesitará para superarlos. Quizá la alusión histórica más inspiradora sea la que hizo recientemente la directora gerente de Fondo Monetario Internacional recordando los acuerdos de julio de 1944 para reconstruir la devastación de la Segunda Guerra Mundial y sentar las bases de un nuevo orden económico internacional. Kristalina Giorgieva afirma que el mundo se enfrenta en la actualidad «a un nuevo momento Bretton Woods». 

Para aprovechar ese momento, es necesario atender a tres imperativos.

  • El primero es la adopción de «políticas macroeconómicas prudentes» y el refuerzo de las instituciones. La prudencia por la que aboga, sin embargo, no insiste en la austeridad sino en «medidas adaptadas a la situación de cada país y mantenidas el tiempo suficiente».
  • El segundo, es «invertir en la gente»: proteger a los vulnerables, reforzar el capital humano, impulsar la educación y los sistemas sanitarios, apoyar a los jóvenes y reducir la brecha de género y la digital.
  • Y, en tercer lugar, enfrentar con decisión el cambio climático «porque es una cuestión crítica para el crecimiento de la economía y para la supervivencia del planeta». 

Es improbable que el nuevo presidente norteamericano pueda impulsar durante su mandato un sistema parecido al que se acordó al cabo de 21 días en las salas y pasillos del Hotel Mount Washington. Sin embargo, puede acelerar la recuperación del crecimiento si consigue vencer a la pandemia, mitigar sus efectos y relanzar la cooperación.

Janet Yellen, la nueva secretaria del Tesoro, ha alentado a los legisladores norteamericanos a que «piensen a lo grande» («go big») y aprueben medidas ambiciosas. «Sus beneficios compensarán de sobra el peso de la deuda adicional que asumamos». No falta entre los líderes globales de la economía y las finanzas quienes hayan aparcado -de momento- la tentación de la austeridad que muestran los ‘conservadores fiscales’ más notorios del Senado norteamericano. 

En cualquier caso, el primer e imprescindible paso de Biden para impulsar la recuperación pasa por revertir el fracaso de su antecesor. Como dijo Ana Botín en su intervención en el foro de Davos virtual, «las vacunas son la política económica más importante de 2021». 

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