La cara mortal del populismo

Los líderes populistas representan el precio de anteponer la política a la ciencia

Los líderes populistas representan el precio de anteponer la política a la ciencia

Narendra Modi intervino, el 24 de enero, en la edición virtual del Foro de Davos con un discurso triunfal en el que reclamó para la India –y, por tanto, para sí– la hazaña de «salvar a la humanidad del desastre» por frenar el coronavirus en su territorio.

Tres meses después, su Gobierno se revela incapaz de frenar la catástrofe sanitaria, humana y económica que asola al segundo país más poblado de la tierra.

La dantesca situación de la India muestra el tremendo precio que se cobra la pandemia en los países gobernados por populistas de distinto cariz.

Los Estados Unidos, hasta enero con Trump; Brasil, con Bolsonaro; México, con López Obrador; la India y el Reino Unido de Boris Johnson suman, ellos solos, más de millón y medio de muertos por Covid, la mitad del total mundial de víctimas y el doble que las restantes 187 naciones.

La India, sorpresa en la primera ola

Una de las sorpresas de la primera ola fue que la India, contra pronóstico, esquivara la devastación que sus 1.400 millones de habitantes, su pobreza estructural y su endeble sanidad pública parecían presagiar.

El pasado septiembre, la cuenta de fallecimientos rondaba los 1.000 diarios; a principios de febrero, apenas superaban los 100.

Envalentonados por las cifras, el primer ministro y su Gobierno declararon la victoria sobre la pandemia y la aprovecharon políticamente en vísperas de varias elecciones estatales cruciales.

Las medidas que se tomaron entonces –y, sobre todo, las que no se tomaron– han disparado la infección hasta extremos insoportables: en torno a 400.000 nuevos casos y 4.000 muertes cada día.

Se perdió un tiempo vital para tomar medidas que hubieran mitigado las dantescas escenas que transmiten las televisiones desde los hospitales indios y las piras funerarias que arden por doquier.

El mito del excepcionalismo

A diferencia de otros líderes populistas, Modi no minimizó el peligro cuando se produjo el primer embate de la pandemia. De hecho, declaró un confinamiento total de la población y el cese de toda actividad.

En un país en el que la cuarta parte de la población vive en la pobreza, la paralización de la vida cotidiana abocó a centenares de millones a dejar de comer de un día para otro.

La decisión de levantar las restricciones obedeció, en parte, a la necesidad de evitar un colapso de la parte más débil de la sociedad.

Pero la «normalidad» animó a convocar mítines masivos sin ninguna precaución y a celebrar festividades como el Kumbh Mela, con millones de fieles hindúes hacinados en las orillas del Ganges.

La letalidad de la variante india del virus se combinó con las facilidades para su expansión. Narendra Modi y su BJP (Bharatiya Janata Party) son la encarnación moderna del ultranacionalismo hindú más radical.

Sus raíces se remontan al filofascista RSS (Rashtriya Swayamsevak Sangh) y su histórica pulsión supremacista y antimusulmana.

7 años en el poder

Desde que llegó al poder en 2014, su gobierno ha seguido una política doméstica orientada a recortar el peso político y los derechos de los 210 millones de ciudadanos musulmanes, el 15 por ciento de la población.

El primer ministro atribuyó, sin rubor y sin evidencia alguna, la supuesta derrota del coronavirus a su gestión y a un excepcionalismo que haría inmunes a los hindúes.

En lugar de preparar al país para una segunda ola sobre la que alertaban los científicos –incluso los de su propio consejo asesor– se afanó en liderar la campaña electoral del BJP.

«Lo que estamos presenciando no es solo una negligencia criminal sino un auténtico crimen contra la humanidad», sentenció hace unos días la escritora y activista Arundhati Roy en un durísimo ensayo publicado por los principales diarios mundiales.

Revés al desarrollo

Las consecuencias de la explosión pandémica no son solo atribuibles a la inepcia del Gobierno sino a una larga lista de problemas –polarización política, corrupción, ineficacia de la administración– que contrastan con la pujanza de un sector privado capaz de competir en la escena global con gigantes como Arcerlormittal, Tata Group o Infosys.

El avance incontenido de la enfermedad augura más escenas de desesperación y una mortandad que, según algunos pronósticos, superará en breve el millón de fallecidos.

La OMS aventura que el número de contagios y de fallecimientos reales multiplica muchas veces los que se documentan.

La dimensión de la crisis, las características de la mutación local del virus y la movilidad de ciudadanos indios infectados por todo el mundo representan una amenaza a la recuperación global.

Con retraso y de modo insuficiente, diferentes países han comenzado a enviar ayuda para paliar la catástrofe, pero solo la vacunación masiva (que asciende de momento a menos del 10% de la población) logrará contener la enfermedad.

La crisis en el subcontinente indio demuestra que el mundo solo contendrá el virus cuando se contenga en los países vulnerables.

Esa vulnerabilidad no se mide solo en PIB per cápita o en la fragilidad de las estructuras públicas.

Efectos devastadores

La actitud de líderes populistas como Trump, Bolsonaro, López Obrador y Johnson, en los primeros compases de la pandemia, no solo ha tenido efectos devastadores sobre la vida y las economías.

Representan el precio de ignorar la evidencia y de anteponer la política a la ciencia.

Países que llevan décadas en la senda del desarrollo como la India, Brasil y México sufrirán un revés del que tardarán años en recuperarse.

La esperanza radica en que un cambio de liderazgo, como ha ocurrido en los Estados Unidos, o de la estrategia, caso del Gobierno británico, puede revertir la situación.

Los países más desarrollados tienen la ventaja financiera, tecnológica y administrativa requerida para recuperar la salud humana y económica.

Pero la India, uno de los BRICS, no es un país subdesarrollado. De hecho, es uno de los mayores productores mundiales de vacunas.

El problema es una clase dirigente desconectada de la realidad en la que la complacencia, la insensibilidad (un ministro de Modi llegó a afear de «lloricas» a sus conciudadanos) y la ineptitud han inspirado una combinación letal: la del interés político con una suerte de pensamiento mágico que lleva a los líderes populistas a creer –o hacer como si creyeran– que pueden ignorar impunemente las leyes de la ciencia y la naturaleza. Y es algo que no ocurre solo en la India

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