El desafío de la UE en una lista descontrolada de desafíos

Solo Draghi tiene autoridad para llenar el vacío moral que dejará Merkel en la UE

Pedro Sánchez en Bruselas

La pandemia se resiste a ser vencida en Europa; flaquea la estrategia común de vacunación; la tensión entre las cabezas del Consejo y la Comisión dejó de ser un rumor en Ankara y el reparto de los fondos de recuperación espera la ratificación unánime de los 27 estados miembros.

Por si no bastara lo anterior, más de 100.000 tropas rusas se despliegan en el límite oriental de Ucrania, a la misma distancia de la frontera de la Unión que la que separa Barcelona de Madrid.

El axioma, enunciado por el padre fundador Jean Monnet, de que «Europa se forja en las crisis» lleva un año sometido a una prueba de esfuerzo de dudoso desenlace.

Determinación en la lucha contra la crisis

Tras una primera reacción vacilante, las instituciones europeas abordaron el embate del Covid-19 con una determinación que sorprendió a los más escépticos.

Desde marzo de 2020, el BCE actuó para evitar la implosión del crédito con el programa de compras de emergencia (PEPP, por sus siglas en inglés), que en diciembre llegó hasta 1.850 millones de euros.

Apenas medio año después de suceder a Mario Draghi, Christine Lagarde se tuvo que enfrentar a un trance sin precedentes y decidió que solo podía dar un paso adelante.

Su afirmación de que el BCE «no se impondría límites» para abordar el impacto de la pandemia era un eco indisimulado del «whatever it takes» («lo que sea necesario») con que su predecesor puso coto a la crisis del euro en 2012.

De igual manera, y también para sorpresa de los descreídos, el tormentoso Consejo Europeo del pasado julio, consiguió aprobar un paquete de medidas (revisión de marco financiero plurianual y creación del fondo Next Generation) con las que se conseguía algo parecido a mutualizar la recuperación.

Angela Merkel también tomó una decisión crucial: saltarse el dogma alemán de la frugalidad y facilitar que los países más golpeados dispusieran de fondos para afrontar los daños y modernizar sus economías.

Dudas sobre «ser europeo»

Pero, desde entonces, la respuesta común a la crisis ha recaído en esa especie de ley de Murphy que se ceba con la UE desde la vuelta del siglo: todo lo que se pueda complicar, se complicará. Nueve meses después de anunciarlos, los fondos que desesperadamente necesitan Italia (209.000 millones de euros) y España (140.000 millones) siguen sin materializarse.

Su ratificación estuvo en suspenso hasta el miércoles, cuando el Tribunal Constitucional alemán, en respuesta a un recurso de varios nacional-populistas locales, sentenció que son conformes a su legislación. Se confía en que puedan comenzar a librarse en julio, pero los gobiernos mantienen la cautela.

El otro gran proyecto europeo de la pandemia, la gestión mancomunada de las vacunas, adolece de los mismos problemas sistémicos de la Unión: la disparidad de criterios e intereses entre los estados miembros, la esclerosis del aparato institucional y la desconexión con una ciudadanía a la que le cuesta cada vez más percibir las ventajas de «ser europeo».

Los achaques de la UE

Y la posición europea ante su desafío más reciente, la agresividad militar de Vladimir Putin en la frontera de Ucrania, pone de nuevo en evidencia los achaques de la Unión.

La reunión de ministros de exteriores del pasado lunes acabó solo en palabras: condena verbal del masivo despliegue ruso y la promesa de que una acción militar «recibirá una firme e inequívoca» respuesta.

Pero, en todo caso, más adelante. A quienes sí se han aplicado sanciones es a los militares birmanos.

Claro que Myanmar compra apenas 600 millones de euros anuales a la UE mientras que Rusia suministra el 40 por ciento del gas y el 26 por ciento del petróleo que consume la Unión. «Realpolitik».

Los desafíos más recientes de la UE se unen a los que acumula desde hace años. La pulsión centrífuga de los partidos nacional-populistas amenaza su integridad y la deriva autoritaria de gobiernos como el polaco o el húngaro amenaza sus principios.

Si no se logra recuperar la estima ciudadana, la pregunta envenenada de sus detractores internos –«¿para qué nos sirve la Unión?»— continuará minando el edificio europeo hasta que algo más se rompa, como ocurrió con el Brexit.

El vacío que deja Merkel

Italia y España son los países que más esperan que la UE demuestre su valor. En ambos el escepticismo crece desde la crisis anterior. El último eurobarómetro indica que el 61 por ciento de los italianos y el 48 por ciento de los españoles desconfían de la Unión. La llegada de Draghi ha servido, de momento, para frenar el desafecto en Italia.

Pero en España, solo una nueva inyección de recursos como los que ayudaron a transformar el país en los años posteriores al ingreso en la UE puede despejar el europesimismo.

Las elecciones generales alemanas de este otoño marcarán el final del liderazgo europeo de Merkel y el comienzo de una nueva etapa.

Aunque logre una victoria que le permita gobernar, la prometedora y competente candidata de los Verdes alemanes, Annalena Baerbock, carecerá del peso internacional necesario para ejercer una influencia parecida a la de Merkel más allá de sus fronteras.

En el otro anclaje del eje franco-alemán, no está claro que Emmanuel Macron consiga revalidar su presidencia en 2022 ante el renovado crecimiento de Marine Le Pen.

De momento, solo Draghi aparece con la «auctoritas» requerida para llenar el vacío moral en el núcleo de la Unión que, inevitablemente, provocará la salida de la «kanzlerin». Para hacerlo, sin embargo, debería validar su cargo en las elecciones que, como tarde, se celebrarán en 2023.

Nadie sabe si querrá presentarse y, de hacerlo, si logaría la victoria. No se puede olvidar lo ocurrido con el anterior primer ministro técnico de Italia, Mario Monti, desalojado del Palazzo Cighi cuando tuvo que pasar por las urnas en febrero de 2013.

Mientras tanto, pese a tener una vicepresidenta, Nadia Calviño, y una ministra, Arantxa González Laya, conocidas y valoradas en los despachos de Bruselas, España debe conformarse con un papel secundario.

El estado actual de la política española y la levedad de sus dirigentes obliga a boxear por debajo del peso del país.

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